Parque

Rodeado de frío y verde, camino en un parque. Queriendo que los tres seamos un continuo. Dicen que lo somos, a veces lo he sentido, pero se me olvida. Anochece. Miro a los lados: árboles espaciados a la izquierda, montañas habitadas a la derecha. De estas casitas a lo lejos salen luces amarillas que arropan sus alrededores y dan una hermosa calidez a los blancos multiplicados de las paredes que se ven en la montaña. Los colores hacen que la escena parezca de juguete. Se lo atribuyo a la saturación visual de mirar concreto, pantallas y avisos publicitarios la mayoría del tiempo.

Se estira el instante y encuentro la sensación de fluir con la caminata. Simplemente estar ahí, me produce bienestar. Tratar de abarcar el todo con la respiración, cómo si se tratara de un par de brazos. El abrazo tiene tanto de pregunta como de agradecimiento, y se muere al segundo, con cada espiración. Juego del gato y el ratón que nunca termina, pienso.

Para eso estamos, para el eterno movimiento, me respondo. El impulso de respirar/abarcar/conocer el todo no está separado de lo que sea que somos, ni del parque, ni del verde, ni de las luces ni de la montaña, ni de la lluvia que empezó a caer. A veces este saber es parte mía, otras veces no está, y busco de nuevo el parque…

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