Recordatorio

Siendo

Mozart de mi existencia
Siddharta de mis caminos
sol brillante de mil lunas
flauta para aires templados
con gotas de lluvia flotantes,
formas de vida cristalinas,
astros en el vacío

reclamando mi derecho a vivir
al ritmo de mis latidos

me recuerdo

que mi carta de navegación
se puede calcular en base al
universo rojizo de estrellas negras
de una sandía madura

que un cielo azul claro
y unas flores de frambuesa
pintados sobre una dama como lienzo
son razones más que suficientes para
renacer y sonreir por dentro

que la música que me acompaña
en las madrugadas más sutiles
está hecha con los agudos de un piano
de esos que saben exactamente a
un caramelo ácido de manzana verde

y que el aroma del té sabe bailar
-si, no te olvides que sabe bailar-
melodías que dibuja en la neblina
la batuta delgada de una rama de pino

en todo caso,
lo más importante es
leer esto y reconocer
que la poesía jamás
me la pueden quitar

nunca es de nadie, en primer lugar…

Balada de la estrella

— Estrella, estoy triste.
Tú dime si otra
como mi alma viste.
— Hay otra más triste.

— Estoy sola, estrella.
Di a mi alma si existe
otra como ella.
— Sí, dice la estrella.

— Contempla mi llanto.
Dime si otra lleva
de lágrimas manto.
— En otra hay más llanto.

— Di quién es la triste,
di quién es la sola,
si la conociste.

— Soy yo, la que encanto,
soy yo la que tengo
mi luz hecha llanto.

Gabriela Mistral

Un día

Aquella tarde vuelve a mi memoria. De cuando en cuando el aguacero se atenúa; después, súbitamente, el latigazo de una ráfaga de viento vuelve a enardecerlo.

La habitación ha quedado en penumbra y no estoy de ánimo para trabajar. Mi mano busca el sitar, y con él toco una melodía de las lluvias.

Desde el cuarto contiguo, ella se acerca a la puerta y vuelve a retirarse.

Después entra, silenciosamente, y se sienta.

Trae en la mano una labor de aguja y, con la cabeza inclinada, se pone a coser.

Después de un rato la deja y, por la ventana, se queda mirando los árboles envueltos en la bruma.

La lluvia se ha detenido y yo he dejado de tocar. Ella se levanta y se retira: va a peinarse.

No ha sucedido nada; nada más que una tarde hecha de lluvia y música , de oscuridad e indolencia.

La historia está atestada de relatos de emperadores, de crónicas de guerras y revoluciones. Pero el minúsculo incidente de una tarde está oculto como una joya preciosa en el cofre del tiempo. Solamente dos personas saben de él.

Rabindranath Tagore. Lipika.