Cuento de luna, letras y fuego

La premisa era la misma de todos los días: encontrar sorpresas entre los espacios que pintan las líneas paralelas de la vida corriente. La montaña me servía perfectamente para esto. Lo que no sabía en ese momento era cuán lejos iba a llegar en un sólo paseo. Llegué con algunos amigos al lugar acordado para acampar, los dejé charlando tranquilos entregados a las ganas de cocinar, solté mis cosas, tomé una botella plástica de agua tibia y me dispuse a caminar en soledad por los senderos del sitio que escogimos para pasar el fin de semana fuera de la ciudad. El sol de la tarde empezaba a cederle paso a la luna llena y a su tapiz oscuro manchado de nubes blancas.

Las montañas llenan de energía natural a quienes permiten dejarse afectar. El miedo ligero se parece a un alfiler también ligero que es capaz de arruinarle la fiesta a cualquier globo con elevadas pretensiones. El agua de la botella está caliente y qué importa. Respira profundo. Camina colocando: Talón, planta, punta. Talón, planta, punta. Talón, planta, punta. Talón…

Los pensamientos seguían a lo que venía sintiendo en el cuerpo. Un pequeño estado de tensión, acompañado de un persistente temblor corporal que me aborda cada vez que no me siento cómodo, o viceversa. Era la primera vez que estaba ahí, había empezado a recordar algunas historias de las montañas que habían salido mal, y me preocupé por eso. Me regañé en tono protector, porque conocía de muy buena fuente que ese sitio arropaba a quienes saben tratarlo con respeto y que dejaba muy buenos regalos a las personas dispuestas a encontrarlos.

Recobrada la integridad de mi voluntad, y algo más relajado mi cuerpo, me adentré en un sendero dibujado en sus bordes por plantas medianas y altas de diversas formas, entre las que pude reconocer unas hojas de plátano y unas extrañas flores de color violeta que asemejaban unas copas de champaña vueltas hacia abajo. Caminaba sin rumbo fijo, dejando pasar mis pensamientos con la mirada perdida sobre cualquier cosa que iluminara la luna, y jugando mentalmente con la sinfonía de las chicharras, los grillos y las ranas.

No sé cuanto tiempo estuve caminando, para mí fue como un sueño en vigilia. Me distraje un poco al traer a la mente la preocupación que sabía que mis amigos tendrían por mí para entonces, si de verdad pasó tanto tiempo como el que sentí que había transcurrido al recobrar la atención. No importa. Estoy acá para relajarme, me dije. Al levantar la vista divisé una colina verde, con lo que parecía ser una casa sobre su cima. Sin apurar el paso caminé hasta allá con curiosidad.

La casa no estaba ocupada, lo noté por la falta de iluminación y de actividad. Me senté sobre un tronco cortado casi al ras del suelo que me sirvió de silla, dándome cuenta que me sentía cansado por la caminata. No dejaba de ver la construcción. Con los ojos más acostumbrados a la lámpara lunar, empecé a detallar más cosas. Cerca de donde me encontraba había un jardín circular multicolor y un sendero ondulado de piedras perfectamente limpio, que comunicaba la casa con el exterior. Las paredes de la casa eran blancas, y tenía ventanas con marcos de madera negros, protegidos por vidrios a través de los cuales no podía ver hacia adentro. El tejado estaba hecho de piezas de barro marrón muy oscuro. También habían unos faroles de lámparas esféricas blancas rodeando la casa y el camino empedrado, levantados como los árboles de un planeta metálico. Toda la escena me hacía pensar en tiempos pasados, en un antiguo cuento europeo.

Sospechar que algo sucede, sentir una rasgadura en el silencio de los sentidos, debería ser prueba suficiente para quienes vivimos abrumados en la cárcel transparente de la distracción electrónica. Cuando estas palabras flotaban en mi consciencia, me dí cuenta que algo empezaba a suceder a mi alrededor. Las nubes cubrieron el cielo casi completamente, dejando pasar la luz de la luna de forma atenuada. Una neblina fresca y sin peso empezó a bajar desde las montañas. Pequeñas gotas de rocío empezaron a tocar mi nuca con cosquillas, como las teclas de un piano. El viento empezó a soplar con intención, con vida propia, acompañando al movimiento de las hojas de las plantas, que también parecían decir cosas. Y como si nada, los faroles se encendieron, me atrevo a decir que con la misma luz confortablemente fría que venía del cielo.

Frente a mí, aparecieron tres personas en ropajes de siglos pasados, dos hombres y una mujer. Y en la casa, varias presencias más, en total actividad, llevando y trayendo cosas, abriendo y cerrando puertas, existiendo, como si sólo hubiese sido una torpeza mía el no percatarme antes. Pero no me dio tiempo de hurgar directamente con la vista. La sorpresa de ver en mis narices a tres personas en trajes antiguos era mayor que la curiosidad de explorar el fondo del cuadro. El canto de las chicharras, retomado por mis oídos en el momento exacto, me anunció de alguna forma la imagen traída de los cabellos que tenía ante mis ojos:

Eran William Blake, Emily Dickinson y John Keats.

A Emily me fue fácil reconocerla. Sus ojos me recuerdan a una novia que tenía mi papá. Un vestido blanco a la usanza del siglo XIX. El cabello liso recogido en moño, con una raya simétrica en el medio, y un juego recatado de hombros, cuello, brazos y espalda, que no adoptaría una mujer de mi época de forma tan natural. Ese todo se armó de forma indiscutible. Supo que la reconocí. Me saludó con una pequeña sonrisa y una reverencia de falda y rodillas.

La lógica me llevó a los otros dos. No me imagino a la señorita Emily andando con espectros desagradables. Calculo entonces: en general, los científicos suelen ser grises y antipáticos. Los líderes políticos o militares andan demasiado centrados en su propia grandeza. Miro a un señor mayor, ojos grandes y penetrantes (todo es acerca de los ojos), cabellos y camisa blancos, chaqueta y pantalones marrones, botas oscuras, ropa que me diría que parece amigo o enemigo de Francisco de Miranda, porte inglés, presencia mágica, unos grabados de metal en la mano. Los grabados. Tiene que ser William Blake.

El otro, joven, de unos 25 años, debilucho, pequeño, pálido, cabellos medianamente largos, un tipo afeminado. Ropa parecida a la del viejo, mismos ojos que cuentan sobre las eternidades. Sentado sobre una piedra, apoyaba el mentón sobre su mano izquierda, con los dedos recogidos como la garra de un felino. Detalle indiscutible este último, asumiendo ya que se trataba de una pandilla de poetas. Keats.

Mientras un escalofrío recorría mi estómago, iba pensando: sólo espero no estar en una historia macabra. Encima, cuando cuente esto, si es que sobrevivo, varias personas que conozco van a cuestionar no haberme encontrado con un autor en español. O con uno de este siglo al menos.

No me permitieron continuar con la cadena de ideas. Habló el señor Blake. No abría la boca, pero claramente se estaba comunicando conmigo, y el susto me obligaba a atenderle:

_ Sabemos que no te agradan algunos escritores porque piensas que tienen la costumbre de afincarse en el lado malo del ser humano, y jactarse además por ello. Eso le corta las alas a las hadas. Hay uno que conoce de mariposas amarillas y hubiese encajado muy bien, de no ser por el detalle que aún está vivo. Mandar a abducir a esta gente para traerla para acá a darte mensajes, es un asunto burocrático complejo. De muchos otros aprendes directamente de sus poemas, no hace falta que se presenten, te miran sonrientes desde donde están. Algunos se rehusan a hacer apariciones que no sean metropolitanas, y a decir verdad, son tipos que están medio zafados del coco, persiguen hormigas con la imaginación o se ocupan contando el infinito. La sensación de drama, que tanto te gusta, se magnifica al tratar con escritores de otras lenguas y otras épocas, porque queremos decirte que lo que sentimos y lo que sientes al percibir la belleza que te rodea, es un asunto sin tiempo, espacios, o culturas. Fue sentido por otros, es sentido por ti, y seguirá siendo sentido por siempre. No hay verdadera soledad. Tampoco diferencias que no se disuelvan.

Dos ranitas y las chicharras confirmaron con sus sonidos, haciendo una marimba natural. Supe que no estaba en peligro, respiré aliviado y devolví una sonrisa.

Emily me dice:

_ Los mensajes de la naturaleza son poemas por si mismos. Lo mejor que hacemos es acercarnos por un instante a pintar con letras asomos de la magia, para que otros vivan el camino que tímidamente se descubre, cada uno a su manera. Somos guardianes de lo posible. En el papel y la tinta se halla el encuentro con todos los personajes que a la vez somos, y ahí nos reunimos, unos y todos, en un constante carrusel. Todo es papel y tinta si lo sabes ver.

Otra sonrisa tenue.

La señorita no necesita mucho para expresarse, pienso divertido. Poetisa al fin.

En ese mismo instante, un perfume de limas apareció en el ambiente. Tomé mi botella de agua, para darme cuenta que estaba fría y tenía un color verde manzana. Me sentí atraído a beberla. Puedo jurar haber sentido chispas de luz en el líquido, que estimulaba mi garganta con una fresca y agradable sensación que jamás había sentido antes. Las hojas de las plantas, la neblina, el aire, las gotas de rocío, las flores del jardín, el agua, todo parecía hablarme en el más perfecto silencio de la noche, para construir historias dentro de mí.

Habiendo captando la mecánica, volteo a ver a John, quien me habla sin hablar:

_ Sé muy bien que tienes una inquietud. La misma que tuve con Fanny, mi amada. La misma que tienen todos los hombres con alguna mujer, o con todas. Cómo responder al misterio femenino. Sentirte hablando un lenguaje totalmente distinto a su naturaleza. Lo implacable de las derrotas que pueden propinarte con el simple batir de unos cabellos, o un gesto perfectamente colocado, por citar sólo un par de casos entre miles. El mundo nuevo que es cada una. Lo cambiante de sus expresiones, lo prioritario de sus emociones, lo aparentemente contradictorio de sus mensajes, lo sensible, lo precioso, lo líquido…

… el camino no es fácil, la respuesta está en ti mismo. Llevas al sol dentro, ellas llevan a la luna. Es una danza, tonto, así como juegan el día y la noche desde los tiempos en que los dioses no hacían falta. Danza que nunca termina, nunca está escrita del todo, por momentos es irónica, difícil, intrincada. Pero ten la seguridad que al igual que con este lugar, tu trato delicado y tu paciencia siempre traen regalos. Feliz recorrido, y recuerda que a cada instante un poeta, un músico o un pintor dejan mensajes de ayuda para tu angustia en el camino sin comienzo ni fin que es la vida. Y ellas también. Siempre lo hacen, sólo que no solemos darnos cuenta. Abre los sentidos.

Un viento con aroma de duraznos levantó la cola de su chaqueta, y movió sus cabellos a un lado. Finalmente me dijo: antes de irnos, queremos mostrarte algo.

El trío se hizo a un lado. Desde adentro de la casa, que se veía muy cálida gracias a la luz anaranjada de unas velas, surgieron 6 mujeres jóvenes. Aunque todas tenían características físicas y ropas distintas, compartían el hecho de vestir predominantemente de blanco. Con mucha rapidez y destreza, empezaban a armar y encender una fogata delante de mí. En cuestión de segundos, se sentaron en un círculo perfecto a contemplar el flamante fuego recién encendido.

Una de las mujeres vestía y se movía como una indígena. Como una abuela de un páramo ancestral. Como todas nuestras madres y las madres de nuestras madres. Llevaba encima de su vestido un poncho con los colores del arco iris y el cabello recogido con una pañoleta tejida. Se levantó a hacer oficios alrededor de la fogata. Cuidaba de los demás. Cuidaba de ella misma con orden y habilidad increíbles. Y de vez en cuando, me cuidaba con la vista a mi también. Me enseñaba la esencia del cuidado propio y ajeno. La cara femenina de la protección. La necesidad de orden en el arte vital.

La segunda mujer que vi era delgada, de ademanes codificados y ojos reptiles. Llevaba puesto un traje egipcio, decorado con metales dorados más abajo del cuello y un brazalete en forma de serpiente color mandarina enrollado en su muñeca derecha. Se acercó hasta mi y pude ver que los ojos del animal eran dos esmeraldas. Quedé hipnotizado y oí un llamado a la vida desde mis propias entrañas. También escuché en alguna parte que los lados oscuros de la luna no carecen de luz. Aquella dama enigmática, con sus movimientos y sus joyas, me presentaba los espacios escondidos de la naturaleza, tomándome de la mano para no caerme. Hizo un chasquido con sus dedos para regresarme del paréntesis, y se retiró haciendo una extraña figura con sus brazos.

La tercera mujer, vestida con un pantalón y una franela blanca adornada con detalles de vivos colores, me recordaba a una vieja amiga que me acompañaba a acampar esa misma noche. Alegre y maternal, con un aura infantil que algunas personas parecen no perder en toda su vida, sin importar que edad tengan. Disfraz necesario para ciertas sabidurías en estos lugares, creo. Ella me miró desde su sitio y cantó sílabas incomprensibles para mi mente consciente, pero totalmente llenas de sentido para mi alma. Con su canto me devolvió el don de sorprenderme conmigo mismo, hace tiempo olvidado. Me dijo con eso que toda música encierra magia, que toda sonrisa verdadera viene precedida de la capacidad de maravillarse con las cosas simples. Y que la intuición de una mujer es sagrada.

Luego me fijé en la otra chica que estaba sentada a su lado. Alma infantil también. Vestía como una jovencita de las montañas, con una cinta en su cabello, ropajes largos y relajados y una flor amarilla adornando su sien. Fue sencillo leer que su poder estaba en la capacidad de saber jugar. Jugar con el aire, jugar con el agua, jugar con el fuego, jugar con la tierra, jugar en la vida. Esta vez, jugaba con las palabras. Palabras saltarinas, sonidos graciosos, que como amigables niños, acompañaban el canto de su compañera. Con un guiño y una sonrisa, me recordó que tuviera presente que el ritmo permanente de la naturaleza es un juego. En todo hay un juego.

Con la mirada tímida y esquiva, alumbrada por una vela que ella misma cargaba, un cuaderno entre sus piernas cruzadas y un aura de silencios cargados de imponente sabiduría, estaba sentada la quinta chica. Simplemente se levantó y se condujo con la misma elegancia con la que flotaba la neblina, hasta pasar a mi lado, sin mirarme. Dejó un aroma de té verde tras ella, y aunque la observaba alejarse de espaldas, sé que soltó una media sonrisa exactamente igual a la de un buda. Como una moneda que lleva el símbolo de la seriedad en una cara y de la burla en la otra. Supe que me dejó de regalo el lenguaje de las miradas, los gestos y los silencios.

Por último, pude ver a una mujer muy limpia, por dentro y por fuera. Vestía un sari, y llevaba la frente decorada con un complejo tatuaje de líneas curvas punteadas de color aceituna que convergían en el medio de sus cejas. Ella misma representaba su propio mensaje. No necesitó moverse de su perfecta posición de loto ni abrir sus párpados. Me transmitía desde su sitio la pureza como fruto del cultivo de la paz y la armonía interior. La delicadeza de cada acto en la existencia. La presión exacta de un abrazo cálido. La gracia. Yo dudaba que todas esas cosas las estuviese captando sólo con la vista, así como no necesité los oídos para entender a los poetas muertos.

Después de esto, me quedé mirando al fuego largo rato, sin prestar atención al movimiento a mi alrededor. Brotaron algunas palabras de mi ser:

Prometeo pagó justa condena
porque el fuego bien vale la pena
y como regalo para los hombres
transmite cosas que no tienen nombre
calienta, transforma, quema
de buenas y malas maneras
dependiendo de las intenciones
algunos aniquilan, presas de sus pasiones
creyendo manipulable su poder
otros dan vida y crean con él
descifrando su lenguaje crepitante
míralo bien
porque todo lo que danza afuera
con discreta belleza
se da en forma de llamas en tu pecho
con la misma certeza
que los hombres y las mujeres
son protectores y protegidos de la naturaleza

y ahí están

los ángeles de Blake
los pájaros de Emily
las estrellas de Keats
y todas las letras escritas
y por escribir…

Luego todo fue silencio.

Cerré los ojos un rato. Cuando los abrí, me di cuenta que me había dormido, y que ya amanecía. Nada de lo que había presenciado hasta hace poco estaba. La casa seguía siendo una casa sin ocupar, con faroles apagados, paredes manchadas por el musgo, un camino de piedras viejo y tan sólo el canto de los gallos acompañándola. Probablemente un lugar de vacaciones poco frecuentado. La poca agua que quedaba en la botella estaba igual de tibia que cuando la tomé para caminar, y no tenía nada de extraordinaria. No había fogata ni rastros de haberse hecho alguna recientemente. El tronco para sentarse no existía, y yo estaba acostado en la grama con las piernas entumecidas. El aire fluía sin ninguna resistencia hacia mi pecho, y me invadía una sensación de calmado bienestar, de celebración silenciosa, de alegre grandeza.

Sentí unos pasos en la grama. Era una de mis compañeras de fin de semana, casualmente mi vieja amiga. Seguramente todos pasaron la noche comiendo y bebiendo a la luz de unas velas. Me dí cuenta que mi piel estaba cubierta de pequeños pedazos de yerbabuena. Se sentó a mi lado.

_ ¿Cómo estuvo tu noche?, me preguntó entre preocupada y curiosa.

_ Mágica, le respondí con una media sonrisa recién aprendida.

Con reverencia, decido revelar mi primer cuento. Espero que sean líneas agradables. Dedicado a quienes sientan una conexión especial con las letras.

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