Límites de papel

Algunos días me levanto con cierta idea en la mente. Mejor dicho, un deseo con traje de idea que a veces es una creencia confirmada por mis propias sensaciones, y otras tantas es algo que justamente por ser una creencia se convierte en una ridiculez sin sustento, gracias a la falta de confirmación de mis sentidos entumecidos: todo tiene límites de papel, y el verdadero universo se encuentra detrás, al llegar a los confines y poder rasgarlos.

No se trata de algo simple. No soy tan ingenuo como quisiera para entonces decir que el papel del que te hablo es una construcción similar a una maqueta escolar y todo lo que basta es alcanzarlo para romperlo con las manos. Tampoco soy tan astuto como para asegurarte que todo esto se trata de un pasadizo en el espacio-tiempo, al que se puede acceder a través de cierta combinación de fórmulas físicas y algún artefacto, o por medio de la ejecución de ejercicios esotéricos. Lo verdaderamente importante es que, en ambos casos, las explicaciones son iguales en esencia. Visten distintos ropajes, es todo. Ropajes que por cierto son de papel, al igual que la vestimenta de mi deseo, por lo que también quisiera poder romperlos y asomarme por la grieta.

El papel está hecho del mismo material con el que fabrican al universo de este lado, y no importa su procedencia. Además, tiene una característica muy difícil: te hace creer que puedes rasgarlo, cuando en realidad cada intento te hunde más en la imposibilidad de hacerlo. Lo más curioso es que cuando te olvidas del asunto, y te sumerges en un momento donde el tiempo no importa, logras alcanzarlo por un instante y romperlo un poco. Y las rasgaduras no tienen vuelta atrás (aunque puedas creer que con un parche las remedias), gracias al detalle de haber visto algo tras la grieta y por lo tanto, haberte transformado en alguien más. Esto último por supuesto es válido sólo para quienes creen en la existencia del papel pero no les gusta que se rompa, y mucho menos les agrada la idea de cambiar en algo lo que son.

En este punto -y para que esto siga teniendo algo de coherencia- debes al menos sospechar que el papel en realidad existe. Por ejemplo, sería de utilidad que en alguna ocasión lo hayas rasgado por accidente y recuerdes el hecho como algo importante. No tiene sentido explicarle a un goldfish que su pecera se puede romper, cuando probablemente no sepa que vive en una y además, todo se le olvida a los tres segundos. Si te ha sucedido, sobra detallar. Si no te ha pasado y además no tienes ninguna sospecha, muy probablemente no necesites seguir leyendo esto. Pero si dentro de ti sientes un encierro que parece eterno e intocable y no sabes por qué, algo me dice que te aprisionan unos límites que aún no sabe cómo definir. Y yo estoy totalmente seguro -no dejo de remarcarlo- que son de papel.

Si alguna vez has rasgado el papel, pero te parece mejor lo que hay de este lado, para mi eres como el niño o la niña que abre su regalo de navidad o de cumpleaños y se entrega feliz a jugar con el obsequio, dejando de lado la oportunidad de seguir fantaseando con la caja. En ese caso, no necesitas esta teoría de mi universo, porque en el que vives te basta. Y te envidio a veces, cuando se me olvida que lo que hay detrás de las imágenes de las cajas de los juguetes y del cercado de papel puede llegar a ser infinitas veces mejor que el plástico, el vidrio y el silicio que siempre tenemos en las manos. Ahora, si eres de las personas que voltean a ver la caja y antes de irse a jugar se preguntan por algunos segundos de que está hecho el mundo que no pueden tocar con los dedos, probablemente tienes la misma sospecha que yo, y entonces realmente te importa lo que hay detrás de la rasgadura. Y entonces algún día podremos hablar de lo que se ve tras ella.

Seguramente quieres explicaciones, demostraciones concretas, claras imágenes mentales y descripciones detalladas. Lamentablemente no te las puedo dar y lo único que te puedo ofrecer son algunas pistas en cierta dirección. Piensa en una manifestación pura de amor. O en una noche nublada y lluviosa. Piensa en la quietud sagrada de un lugar en particular o lo que te sugiere un cielo estrellado cuando lo observas sin ideas en tu mente. Piensa en una manzana verde. Piensa en el aire helado sin movimiento. Piensa en el espacio de silencio entre dos notas agudas de un piano. Piensa en una mirada sin otra intención que tus propios ojos. Piensa en los colores que refleja un cristal de bismuto, y luego piensa en las veces que tu interior se comporta como un espejo de ese mismo cristal, devolviendo lo que ves en múltiples vibraciones. Piensa en las miles de posibilidades que tienes para ser a partir de esos reflejos. Y cuando percibas un espacio vacío donde te sientas en paz y quieras retener tu emoción como lo más importante en este mundo, seguramente has rasgado el papel.

Creo que todo presenta un doblez muy diminuto, por el cual se puede hacer una rasgadura si se dan las condiciones. Los experimentos corren por cuenta de cada quien. Esto no es un manual personalizado y tampoco los busques porque no los hay.

Lo único que me resta contarte es cómo esto llegó a vestirse de idea verdadera para mí:

Una tarde, viajando en un avión, con la mirada perdida en la ventanilla, me encontré disfrutando de un sándwich natural. Volaba encima de un piso cubierto de nubes blancas, y podía ver hacia arriba el cielo totalmente despejado empezando a oscurecer ligeramente en lo más alto, insinuándome al espacio exterior. Una cosquilla de emoción recorrió en ese segundo mi pecho, al tener tan cerca de mí lo verdaderamente inexplorado. En ese momento surgió la idea del papel cubriendo mi todo, y al mismo tiempo, se empezó a rasgar para siempre, aunque con una lentitud que a veces es muy desesperante, te confieso.

Todo esto lo puedo resumir en una frase:

Y entonces decidí seguir subiendo hacia los confines del universo. Y me di cuenta que podía tocar sus límites, y que están hechos de papel. Y al rasgarlos, pude observar por primera vez lo desconocido…

       16 de Julio 2011

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